Creo que hay un duende viviendo en mi casa. Me parece que a veces duerme en el ropero de mi habitación. Confieso que nunca lo vi, pero las pistas que deja por toda la casa no pueden ser más claras.

Aunque mamá ponga en duda lo que le digo, yo sé que es el duende el que se lleva las medias que me faltan.

Algún día voy a encontrar el rinconcito donde duerme y seguro que va a estar repleto de medias sin su par, de capuchones de biromes, botones, papeles de caramelos, banditas elásticas y ese tres de basto que le falta al mazo de cartas de papá.

Reconozco que es difícil creerme, pero es el duende el que me mueve el brazo cuando como los fideos y me salpico la remera con salsa de tomate. A veces me acompaña al cole y hace desaparecer algunos lápices, o me llena la cartuchera de restitos de madera y mina que roba de mi sacapuntas.

En los recreos le gusta cruzarse entre mis piernas cuando corro ¡y es por eso que mi ropa parece un trapo de piso!

A veces, a la noche, hago como que me duermo y dejo un ojo entreabierto para ver si lo veo. ¡Es un piola bárbaro! Seguro él fue el que le chafó mi diente al ratón. Lo sospecho porque esa mañana cuando me desperté tenía bajo la almohada un billete de cinco pesos… ¡cinco pesos! El ratón Pérez no puede ser tan miserable. O bien el duende se llevó el diente y el ratón me dejó el billete de cinco de pura lástima o me había dejado más y el duende se quedó con un “vuelto”(ya me enteraré).

 

La otra noche casi lo pillo. Había agarrado el celu de papá y lo dejé filmando toda la noche.

A papá casi le agarra un ataque a la mañana siguiente cuando notó que su celu estaba sin batería y con la memoria llena con un video en el que se veía todo negro.

Por suerte lo convencí para que me dejara verlo. Cada tanto se escuchaba uno que otro ronquido, algún gato maullando a lo lejos o los ladridos de Atenas, la perra boxer de la vecina. Pero yo estoy segura que en el minuto cuarenta y dos con veintisiete, se escuchan los pasitos del duende… papá no está muy convencido ¡pero yo sí! Estoy re segura, porque antes de acostarme, mis pantuflas las puse apuntando para el lado de afuera de la cama, y a la mañana ¡estaban al revés! ¡y esa noche, no me levanté a hacer pis! ¿o sí?

Por Mariano Pose
Ilustrado por Guadalupe Vallejo